A eso de las cinco y media de la tarde ya me había fumado unos cinco cigarrillos. Esperaba en la puerta de la cárcel a que saliese: después de tres años sin vernos no sabía qué me iba a encontrar. Por fin, ya encendiendo el sexto (o el séptimo, valga el lapsus), la puerta se abrió. Desde unos cincuenta metros (y dada mi falta de vista) reconocí su silueta. Mientras se iba acercando a mí fue dándome cuenta de que ése no era mi hermano, no. No era esa su cara, ni esas sus manos, ni esos ojos acuosos los que yo despedí al ingresar en la prisión. Ni siquiera reconocí en esa voz la suya al decirme “¿vas a quedarte todo el rato ahí parado?” Subimos al coche después de un abrazo frío por mi parte y puse un cd de no recuerdo bien quién para evitar hablar con él. Llevaba meses (por no decir años) esperando este encuentro, y en las dos últimas semanas habría dormido menos de tres horas diarias pensando en cómo sería el encuentro. Ahora todo se había ido a la mierda. Me lo habían cambiado. Lo dejé en la puerta de la casa de nuestros padres y después de decirle un leve “adiós” me fui al bar más próximo con la intención de emborracharme.
Creo que serían las cinco y media de la madrugada cuando encendí el enésimo cigarrillo de la noche acodado en el quicio de la ventana cuando sonó el teléfono. Tanteando, llegué hasta la mesilla y descolgué sin esperar la voz llorosa de mi madre diciéndome que lo habían encontrado ahorcado en el garaje. Después de colgar supe que todo este tiempo había tenido razón. No era él. Me lo habían cambiado.

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